A veces dejo flores en las tumbas de quienes murieron congelados en mis añiles cavernas cardíacas,intentando darme calor.
Visito mi propio cadáver—aún de no hace tanto— y me quedo mirándome,como quien mira a un desconocido que intenta conocer sin hablar.
Cierro los ojos y viajo a mis últimos días de tormenta,cuando tronaba más que respiraba.
A veces aún busco una llave que me saque de esa jaula,pero es que
la
jaula
era
yo
mismo
y eso nunca nadie fue capaz de abrirlo.
Sólo he conocido una salida a la cárcel de hueso que tenía a mi pequeño órgano latiente cautivo,metamorfosis, pasar de gorrión a fénix,y en la explosión de llamas que provocan incendio en mis plumas de cristal,arrasar con mi cautiverio,para que cuando fuese cenizas,pudiese recomponerme con el cielo abierto,sobre mí,avergonzado,por si aún quería coger vuelo,con mis calcinadas alas negras.
Esto no es poesía como tal,si no todo lo que querría decir y no puedo;usaré esto como hospital al que acudir a cerrar mis heridas,o simplemente como lugar en el que hacerme creer que podrán cerrarse.
jueves, 18 de mayo de 2017
Visitas al cementerio de lo que algún día fui
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